Ernesto y Mónica: I

Mónica se dirigía hacia el Aeropuerto. Todavía no sabía porqué había dejado que todo fuese a más. Su plan no era que él viniera, pero la sorprendió. Ahora, vería quien era ella de verdad. No, no era la chica deprimida y deprimente. Más bien, su exterior era de mujer fatal, superficial, que conducía un porsche cayenne, que no tenía que trabajar, ya que su padre había hecho una fortuna como suele hacer la gente de su clase, con “negocios” legales que no éticos, y ella solo tenía que ocuparse de ella. Pero su vida había sido una molinillo. No sabe la de relaciones que había tenido. Y desde que lo conoció a él, esa carrera por ver quien se acostaba más con otros, con personas que nunca serían pareja. Aunque habían sido experiencias que desde fuera se podían pensar en tórridas, a ella le habían servido para saber que solamente una persona la había hecho el amor. Juan. Ese muchacho albañil, pero con una sabiduría innata, con el que por supuesto, después de notar los sentimientos que él tenía, se las ingenio para estropearlo. No, su destino no era él. Era estar sola, y experimentar el sexo, porque no quería lo de después del sexo.. no.

Ernesto… bien, lo recogería del aeropuerto, lo aturdiría, lo llevaría a la casa de Marbella, que podrían estar solos.. hasta que él quisiera o aguantara. El billete de vuelta era abierto, no habría problema.

El aeropuerto de Málaga, con tantísimo tráfico, y el maldito coche que tengo que dejar en el parking. Podría decir que estoy nerviosa.. pero no, me niego, él es otro más. Ha venido de más lejos para estar conmigo.. pero la verdad.. ¿para un polvo cruzar un océano? No soy una belleza, y eso lo puedo hacer allí. Amor, no creo que sea amor lo que lo atrae hacía mí, sino esta relación enfermiza que nos hace depender. Y en cuanto saciemos nuestra perversión, el uno en el otro, nos diremos adiós, y buscaremos a otro, a otra.

Cogió un cigarrillo, lo encendió. Estaba dentro de su coche, antes de ir a la llegada de vuelos internacionales. Tardaría todavía en bajar él, Ernesto. Estaba nerviosa, y asombrada por ese nerviosismo. Ella, era fría, ella, era superficial. A ella, nada la inmutaba, que tenía ese chico, ese mexicano que le entraba a todas las provocaciones de ellas, que le había susurrado que quería estar con ella y saciarla de besos, de caricias, de poemas inventados para ella.

Apagó el cigarrillo, y se dirigió a la cafetería del Aeropuerto, es demasiado pronto, falta una hora para la llegada… y necesitaba ese momento de reflexión. Pensaba en la frialdad, en como llegó a ello. Si, quizá los años de tratamiento psiquiátrico, habían hecho efecto. Recuerda la vez que en el baño intentó suicidarse haciéndose cortes en la muñeca, que fueron superficiales, solo le dejaron unas marcas que siempre vería, para recordar lo estúpida que es. Las otras dos veces fueron con pastillas, pero no quería del todo suicidarse, porque siempre llegaba alguien en el último momento para provocarle el vómito, o para llevarla a que le hicieran un lavado de estómago. Su padre cuando la miraba, la miraba con reprobación. El psiquiatra le comentó que ella estaba enamorada de su padre, y que necesitaba su aprobación, y bueno, una retahila más de hipótesis.

En la cafetería, escogió una mesa solitaria, cruzó sus piernas. Había escogido para el encuentro un traje chaqueta de corte impecable, en tonos azules que tan bien le quedaba. Debajo, una blusa escotada que dejaba ver todos sus encantos… no se intuían, se veían. Unos tacones altos… se había vestido pensando en acobardarlo, necesitaba sentirse superior, quería aturdirlo. Tanta era su inseguridad…

Observaba a toda la gente que estaba en la cafetería; parejas, familias, gente mayor, jóvenes … ¿a dónde irían? ¿a quién esperarían? Vidas que confluyen en ese espacio común durante unos minutos… y ahora, la vida de Ernesto y ella, iban a confluir durante un tiempo, quizá, estuvieran agusto juntos, y estuviesen … meses… o quizá, solo días. El corazón empezó a latirle fuerte.. tenía que dejar de pensar.

Se levantó, y se dirigió con un movimiento rítmico de caderas a la puerta de llegada de vuelos internacionales… y bueno, se imagina que se conocerían, más o menos se sabían. Su pelo castaño, largo, se lo había recogido en la nuca. Antes se lo había dejado suelto, pero .. quería darle una imagen de persona controladora, y que todo estaba en su sitio, que no se permitió el dejar el pelo suelto.

Miraba inquisitiva las personas que salían, quienes los recibían, quienes iban detrás de alguien con nombre de hotel… y lo vió. Indiscutiblemente ese era Ernesto. Se acercó hacia él con la mas sensual de las sonrisas, y lo beso en la boca, con fuerza, con determinación, lo iba a descolocar, le iba a romper todos sus esquemas. Para su sorpresa él abrió su boca y su lengua buscaba la suya con más avidez que ella. Cansado, agotado, pero su beso era el beso de alguien que ansiaba besar.

¿Tendría Ernesto tanta necesidad como ella, de ser todo para alguien, y que alguien fuese todo para él?

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