Ernesto y Mónica: II

Eran las cuatro de la mañana y Mónica estaba en la cocina haciéndose un  café, con un cigarro entre los dedos. Estaba desnuda, le gusta ir así por la casa, descalza, desnuda, solo en el invierno se acomodaba alguna bata cuando se levantaba de la cama. Se sirvió el café, y escuchó unos pasos detrás de ella.

– ¿qué te pasa linda, porque te hases un café a estas horas? ven a la cama, que quiero seguir…- en eso que la engancha de la cintura, y la pega a su cuerpo, que también está desnudo y ávido de ella.
– Mi mexicano, me encanta verte tan deseoso de mí…  voy a la cama, pero me apetece un café un cigarro…. es una manía.
Él, detrás de ella empezaba a besarle el cuello, besos pequeñitos, dejando que la lengua dejara la humedad en la piel. Las manos habían abandonado las caderas, para seguir el camino de la cintura y cruzarse en el ombligo de ella. La calidez de las manos de Ernesto en su vientre, la excitaba, notaba esas mariposas del deseo que le estaban haciendo perder la cabeza, de decirle que allí mismo en la cocina tuvieran sexo…
– Ernesto, cariño, me entran ganas…
– ¿De qué dulce Mónica?
– De tener más sexo contigo, mi psiquiatra perverso.
– Y no has conocido todas mis perversidades.. niña. – Y lo dijo con voz ronca, profunda, como la promesa de que quedaba mucho por descubrir… – Venga, apaga el cigarro.. bébete el café.
Ella, extrañamente obediente, apagó el cigarro en el cenicero con agua de encima de la isla de la cocina. Bebió suavemente su café. – Ahora, mi dulce Mónica… ven.. – la cogió de las caderas y la subió a la mesa de la cocina, que estaba libre del frutero, ¿donde lo habría dejado?.
Encima de la mesa de la cocina, desnuda, excitada, esperaba que la rítmica y mexicana voz, que sus manos calidas, que sus labios generosos, le dieran placer. Escuchaba una risita.
– Mi españolita, que hermosa eres….  y me pregunto que hay en esa cabeza´- mientras lo decía, le besó la frente. – Me contarás un día quien te ha hecho daño, quien te ha hecho creer que eres lo que no eres. Yo moriría por una noche entre tus piernas, y … me estas ofreciendo todo lo que quiero. Cada juego que propongo, estás ávida de que te diga, de que haga, y me encanta ver tu cara de satisfacción después el orgasmo.
Le hablaba en tono suave, meloso, haciendo que ella prácticamente tuviera una experiencia sexual solamente escuchándolo.
– Si, tu cara se ilumina después.. y no te imaginas la de veces que te has iluminado esta noche…- mientras lo decía empezó a besarle el ombligo.
– ¡¡Ernesto!!
Él se paró en ese instante. Y no daba crédito a lo que veía, ella empezó a llorar… se levantó.. y echó a correr por la puerta de la cocina… fue detrás de ella,  que se paró en el salón de la parte posterior de la casa, el que daba a la piscina, y vió como se sentó en el sofá, con las piernas encima de él.
– Monica.. me asustas.. ¿qué te ocurre?
– No seas tan … bueno conmigo. Me puedo enamorar, y no quiero.
En ese momento vió la transformación de ella. Se negaba a sentir, a amar, .. a que la amasen.
– ¿Tan malo sería que te enamorases? Mónica, pinche Mónica.. somos libres, adultos… dime un impedimento para amarnos, para desearnos, para estar juntos.
– Que yo no quiero enamorarme.
– Bien.. que quieres.. acabo de llegar, y ya te has hartado de mí?
– No , no .. no…
Ella inesperadamente, se lanza a sus pies, se arrodilla y empieza a besarlo, mientras llora.
– ¡¡Mónica!!. Levantate….  no te preocupes.- la cogío por los brazos y la levantó. Empezó a besarla, abriendo con su lengua los labios, y le susurraba mientras-. No te amo, Mónica, ni tan siquiera estoy enamorado de tí, solo quiero tener sexo contigo, ser amantes sin amor, cuidarte, sin amor, protegerte, sin amor, hacerte feliz, sin amor, que te sientas la más hermosa, sin amor.. porque no sé que concepto tienes del amor.. pero del amor del que tú huyes, de ese, no te voy a dar nada.
Ella, como si hubiera escuchado las palabras ansiadas, se dejó llevar por sus besos, por su lengua, por su cuerpo, saciándose, siendo saciada, y en el sofá, enfrente de la cristalera que daba a la piscina, donde el sol aparecería en unas horas, Ernesto.. le hizo el amor, con la mayor dulzura, delicadeza, con el susurro de palabras hermosas con su acento cálido que caían en su oído y le iban llegando al estómago, ese estómago que tenía miles de alas de mariposa en él.
– Ernesto.. que haces conmigo…- logró susurrarle mientras Ernesto la subía a los cielos cada vez que la hacía suya.
– Amarte sin que te des cuenta, mi dulce Mónica.

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