Ernesto y Mónica: IV

Esa noche ella había decidido que iban a cenar a un restaurante que le encantaba a las afueras de Marbella. Ernesto, se dejaba hacer, la veía tan diferente a como la había imaginado. A veces sonreía cuando la miraba, ese gesto que sin querer hacía de recogerse el cabello detrás de la oreja, o esa risa de medio lado, entre pícara e inocente, cuando algo le resultaba especialmente divertido. Como la sorprendía a veces mirándolo, embobada, sonriendo. Se sorprendía de esa “fiera” descolocada que estaba al otro lado del océano que moría por él. En alguna ocasión se planteo si él sería buena o mala influencia, se la veía en ocasiones tan al borde del abismo, y allí estaba, saliendo de la piscina solo con la parte de abajo del bikini, con una esplendorosa sonrisa, pensando en la cena.
En el tiempo que llevaba con Ernesto, tres semanas, cuatro semanas, había encontrado el nivel. Era como si él fuese un imán energético, que hubiese puesto sus iones en su sitio. El sexo con él, era una locura, a pesar de su experiencia, reconocía que con él estaba redescrubiendo el placer de otro cuerpo, de estar más pendiente, de que él otro disfrutase, y ese fuese el propio placer. Y… también había descubierto el placer de la conversación. Aunque de vez en cuando la llenaba una oscura sombra, en la que pensaba que si él, lo conociera todo de ella, sus debilidades, sus crisis, sus celos, su forma de ser descarada cuando estaba enfadada…. todo se rompería. Y … que él podría cansarse, o sencillamente, tendría que volver… sus hijos, aunque los veía por el skype todos los días, observaba que después de estar con ellos, necesitaba un tiempo para reponerse… uhm… y si se iba con él… en ese pensamiento un vuelco en su estómago la hacía tener la sensación de montaña rusa, de que se caía por un desnivel tremendo. Era tonta, no debía de dar más vueltas al tema… vivir el momento, no dice eso todo el mundo. Mañana podemos desaparecer, no está en nuestra mano el decidirlo.. (o si), pero… lo que podemos manejar es el momento que fué futuro, y es presente, para ser pasado.
Estaban cenando, y el restaurante era exquisito; ella igual lo llevaba a un bar cutre, como a un elegante restaurante. Curiosa toda Mónica, era curiosa. Uhmm y como la deseaba por mucho que se intentara saciar de ella, empacharse de su cuerpo, de sus secretos, de esos labios que atrapaban los suyos, de esas manos que definian su cuerpo de mil maneras… siempre tenía sed de ella, hambre de ella. Se había agarrado a esa relación como si fuese una tabla en medio del océano.
– Buenas noches Mónica. – La pareja que acaba de entrar al restaurante, la saludó con cariño. Superarían los dos los sesenta años, y se notaba en sus ojos la mirada de la condescendencia.
– ¿Qué tal tu padre, sigue en Madrid? Si viene pronto estamos preparando una mini regata, por si se anima.
Mónica, con una voz y un gesto que no sabría descifrar, contestó que su padre ahora mismo estaba muy ocupado, pero que quizas en un mes o así se acercara.
– ¿Quién es tu amigo?
– Perdonar, os presente, es Ernesto.. y estos son amigos de mis padres.. Paqui y Fernando.
– Un placer Ernesto.. nosotros conocemos de toda la vida a Mónica… – hizo una pequeña pausa, como si meditase lo que iba a decir, pero al ver la sonrisa de ese muchacho que estaba con Mónica, se animó, y continuó con voz más de confidencia- … me alegra mucha verla bien… y que haya podido levantar cabeza.
Ernesto se sorprendió de la confidencia, de la cara de Mónica, se la veía vulnerable.. ella, la poderosa y tierna Mónica.Una vez que se alejó la pareja para coger asiento al otro extremo del salón del restaurante. Ella huía la mirada él, porque se sentía desnuda ahora ante él, y al tiempo, como si él fuera a pedirle explicaciones.
– Linda… relajate amor… no tienes que contarme nada. La que eras, la que fueses… no me interesa, solo me interesa la chica que está compartiendo una cena conmigo en un sitio envidiable, entre pinares y asombrandonos con el mar… disfrutando del brillo de sus ojos, de esos labios que he besado mil veces, y mil que volveré a besar… saber la ropa interior que llevas porque te has vestido delante de mí, y te miro, y la veo. Saber el sabor de tu cuerpo con el que no dejaré de llenarme esta noche.. esta velada, ya sea besándolo, teniéndote, ya sea abrazandote y acunandote como lo más frágil del mundo. No me importa tu ayer, solo tu  hoy. ¿Nena… ?.. ¡eyh!!! shhhhh no. – con cuidado rescató con su dedo una lágrima que se había deslizado por la mejilla de ella.
– Mi mexicano…. no puedes ser verdad… – y sorprendiendo a Ernesto… se levantó, y lo beso. Pero era un beso desde el alma, desde la gratitud..

Amar sin necesidad de saber más, porque cuando se ama no hay preguntas, porque se tienen todas las respuestas.

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