El Armador de Caricias

Las luces del amanecer iluminaban suavemente el dormitorio. Allí, en la cama, estaba el Armador de Caricias. A media luz se le adivinaba un cuerpo musculoso, su hermosa piel morena, la dulzura de sus besos en unos labios bien dibujados, generosos y carnosos, su suave respirar, y las manos…  dedos largos, hechas para las caricias.

Ella se levanta, y rápidamente ese dios romano, ese Armador de Caricias se levanta desnudo de la cama, y la atrapa. En ese instante, recorren la piel de ella las manos de él, sus labios, y un leve susurro que acaricia:

– A donde vas mi princesa.

El susurro, las caricias, la transportan a otra dimensión, donde todo es arcoiris, suavidad, belleza, donde todo es dulce, hermoso, revitalizante.

– Me gusta definir tu piel, tu cuerpo, tu sonrisa. Me gusta crear nuevas caricias para tí, caricias que están pensadas para tu piel, para que seas tú misma. Me gusta saber que mis manos te moldean y te hacen renacer. Ser esa diosa que nace entre mis sábanas.Esa sirena de amor que me mira con ojos brillantes…. ese sol que busca a su luna.

Y el Armador de Caricias, inventó otra caricia más, que la llevó al paraíso de la serenidad, donde se encontraron y fueron uno, fueron un nosotros, entre la dulzura y el ser.

constr

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