El Príncipe del Desamor

Con su capa azul paseaba por los grandes salones de su castillo.  Sus cabellos blancos, sus ojos celestes, fríos como el acero. Sus manos, carentes de cariño. Así es él, no cree en el amor, y por eso, su misión, es llevar esa realidad al resto del mundo; en cuanto vé que surge el amor en un corazón de un alma enamorada, que cree que todo es posible, que confía, que se entrega, que no tiene miedo porque piensa que en el amor todo es correcto, él aparece, y basta una palabra, un gesto, un silencio, distancia…  para que el amor desaparezca del  ese corazón.

Los pasillos de su castillo son helados, donde hermosas cortinas azules ondean. Ese pasillo tiene una mazmorra, donde le gusta llevar a los corazones incautos, y una vez que tiene a los corazones atados, y se creen que es el amor lo que aflora detrás del azul de sus ojos, detrás de esa voz sensual, detrás de esos labios hechos para besar… él, le coge la barbilla suavemente, la mira a los ojos y le dice “déjalo”.  Y sonríe, y le dá igual, se dá media vuelta y desaparece, para demostrar lo poco que vale, lo poco que le importa.

Ella .. empieza a  llorar, y se deshacen las cuerdas, se retira a un rincón de la oscura mazmorra y se queda dormida llorando. Y de repente desaparece,  porque ese era su deseo, dejarlo y desaparecer.  Se quedó dormida. Y en sueños, encontró la solución. Se despertó, y sus ojos eran también celestes. Se acomodó el vestido, se arregló el cabello, y salió de la mazmorra, y fué a buscar al Príncipe del Desamor. Estaba en el salón principal, escuchando las noticias, como acostumbraba.  Se sorprendió cuando la vió entrar, y como con suavidad y elegancia se sentó a sus pies, apoyo la barbilla en las rodillas de él, y le dijo:

– Aunque no quieras, te querré siempre. Incluso aunque deje de ser yo, incluso cuando no te  piense, en el reino de la soledad, en el desierto de la desesperanza, en el mar de las ausencias, en mi vida alborotada, en mi mundo, porque existo porque tú existes. Soy porque tú eres.

Y el Príncipe del Desamor, paso sus manos por sus cabellos, la acariciaba y en un leve susurro se escucho… “mi dulce”.

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