desde la ventana: ambulancia

Eran  las diez de la mañana. Estaba en su estudio, como cada mañana, trabajando. Había podido hacerse con varios clientes, y los martes y los jueves, los dedicaba para visitarlos, y el resto de días, trabajaba en casa para ellos, procurando que su trabajo fuera “el mejor” sin duda, y que viesen que  le pagaban nada y menos por un buen trabajo. Siempre le había gustado su trabajo, y ahora, además, tenía que hacer que luciera más.

Fumaba un cigarrillo mientras tecleaba, con el ruido de fondo de lo que es normal de la gente de la calle, ascensor, coches.. pero se rompió de repeten la normalidad con el escandaloso ruido de una sirena. Se paró en seco. Esa mañana no había escuchado a su vecina con la música, ni tampoco la había escuchado prepararse el café. Acababa de reparar en ello, miró por la ventana de la cocina, y observó que  por las escaleras subían los del 061 con la guardia urbana. Y si, iban a la casa de la vecina, esa chica tan rara y encantadora en albornoz…  voces, puertas, coordinación de los médicos: “Abre una vía…” , más voces que no entendía… “nos la llevamos, rápido, rápido..”

Siguió observado todo en silencio estupefacto. A la dulce muchacha, que estaba en pijama, la vió como la colocaban en una camilla. Se asomó a la entrada de la portería, y la sacaban. Todos serios, circunspectos.

¿Qué habría pasado? ¿Por qué tenía tan mal color su dulce vecina? ¿Estaba viva? ¿Cuál sería su historia?

Vivimos en nuestra soledad, en nuestro “ego”, y nos olvidamos de los demás. Cuando algo ocurre que nos hace caer en la fragilidad de la existencia, nos preguntamos en qué momento dejamos solo a aquel amigo, conocido, que quizá sencillamente necesitaba un “hola, que haces”, o un “cuéntame, que es de tí”. No, es mejor vivir “a lo nuestro”, no echar de menos a nadie, si nos llaman la atención, bien, pero no echar de menos a nadie. Lobos solitarios.

Él ni tan siquiera se había dado cuenta de la ausencia de ella esa mañana haciendo el café, el sonido de su cafetera, el olor a café recién hecho, el canturreo mientras se vestía. No, no la había echado de menos, y quizá, demostraba que para él, ella no existía. Si estaba, bien, si no, también. No, no le importaba ella. La había visto salir en la ambulancia, igual no la volvería a ver a esa dulce vecina. Pero bueno, él tenía mucho por hacer, como siempre, no iba a perder más tiempo pensando en esa mujer, bastante tenía con su vida y sus problemas. Cada uno, a lo suyo. El de al lado, .. que más dá.

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