El Corrector

La necesidad de leer y perderse en letras. Ella sabe que tiene esa necesidad. Porque su mente tiene que aquietarse con actividad, poder darle algo en qué pensar.

Sale de su casa envuelta en un abrigo largo, y con el repiquetear de tus tacones. La noche es helada, empieza a nevar, y acelera el paso. La dirección es.. Calle del Error Necesario, núm. 13.

Después de tanto pensar es la única solución posible para todas sus pequeñas criaturas. Durante tantos años, no se ha esmerado en repasarlos, en mimarlos. Tantas veces que pensó en reeditarlos para que se pudieran leer con mas fluidez, y llegar ese “maquetar”. Aunque siempre ha pensado que le gustaría que todos sus escritos, fueran historias sin final.

Sin darse cuenta, había llegado a la oficina del “El Corrector”.  Estaba algo nerviosa, la decisión de venir no había sido meditada, ni repasada, sino simplemente un impulso que había dejado materializarse. Llamó a la puerta, y una diligente secretaria salió a darle paso.

  • Buenos días señorita. Es usted Nereida.. por favor, pase por aquí y siéntese. La está esperando.
  • Muchas gracias. No había pedido cita. ¿Cómo sabían que iba a venir?
  • Ya sabe, el mundo de la imaginación, la creación, y pensamientos, siempre está en todo y en todos.

La explicación la dejó un poco nerviosa. Respiró profundo y se sentó un un precioso chester color rojo. La sala de espera era increíble: la decoración sencilla pero elegante. El ambientador inspiraba frescura. La luz, suave. Las paredes pintadas de un suave beige, resaltando unos cuadros impresionistas.  Estaba en esos pensamientos cuando escuchó el abrir de una puerta, y unos pasos seguros se acercaban a donde ella estaba.

  • ¿Nereida?

Con traje de raya diplomática azul, gemelos, gafas de montura ligera, y una sonrisa amable, el que supo en ese momento que El Corrector, le tendía una mano que ella estrechó, sintiendo la calidez y el pulso que emitían. En ese i mismo instante, se serenó.

  • Si, soy yo, un placer.
  • Venga a mi despacho, que tengo ya varias correcciones.
  • ¿Ya?
  • Si, he notado cuales son los textos que usted desea ver corregidos, y al tiempo con mis sugerencias.
  • Ah. Estoy un poco sorprendida…
  • Nereida, siga sorprendiéndose, pase a mi despacho.

Me hacía sentir tranquila. Tal era el poder que tenían sobre ella las palabras seguras, dichas con el tono y cadencia adecuadas.

Al abrir la puerta del despacho, encontró a su antiguo amigo, el Erraticida, que luchaba para eliminar todos los errores que hacían que los libros no fueran entendidos por los lectores.  Se emocionó al verlo, y se abrazó a él. Comenzó a llorar.

  • ¿Porqué lloras Sirena?
  • No sabía lo que te echaba de menos hasta que te he visto.

El Erraticida, vestido con jersey negro de cuello vuelto, unos elegantes pantalones, con su barba, sus gafas plateadas, y esa sonrisa suave de intelectual. Estaba genial, feliz, con una sonrisa estupenda.

  • Siempre he estado, lo que pasa que he andado muy complicado. Y  bueno, ya que querías que El Corrector le diera un repaso a tus letras, he pensado en saludar a mi amigo, y darte una sorpresa.

Se acomodaron los tres, y estuvieron repasando, hablando, riendo.  Ella se dio cuenta en ese instante del refugio tan importante de sus letras, donde espantaba la soledad, se enfrentaba a la tristeza, rescataba el humor en cada punto y aparte, y el amor en cada nueve.

 

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