historia de amor: 1

El brillo de tus ojos: nueva vida

Un día como cualquier otro, una mañana como cualquier otra, ella caminaba distraídamente por el centro de la ciudad; las calles que hablan de un ayer. Se para a observar sitios por los que años atrás habían sido habituales: la plaza de la universidad, donde tantas veces había quedado.. allí seguía, con su adoquinado, su estatua, la iglesia , todo igual. Era un trasladarse a otra época.

Con su gabardina, su bolso, miraba todo con ojos nuevos. Su vida, había dado un vuelco. Había decidido cometer una locura, abandonar su vida ajetreada. Si, había tenido que romper con todo para volver a su ciudad. No sabía como había podido vivir tantos años fuera de allí; si, se fué a otra ciudad, más grande, más loca, donde la gente anda rápidamente, donde nadie sabe quien es su vecino, donde las mañanas es sinónimo de tráfico, de prisas, de anónimos.

Y ahora, en su ciudad, en la ciudad de siempre, volvía a ser ella: tendría que hacerse al nuevo trabajo; no era tan presuntuoso como el que dejaba en la capital, pero era…. sencillo, y podría ordenar su vida. Si, quería deshacerse del armario de medicinas: “para relajarse”, “para activarse”… ya le dijo el doctor, que no tenía edad para estar con todas las alertas en rojo. Debía de … aprender a vivir. Y si, vivir más despacio. Romper con el círculo que le provocaba ansiedad.. y cambiar, para que todo cambiase.

Esa mañana de sábado, había decidido ir a comprar flores… quería llenar su pequeño espacio de flores, y … un libro. O dos. Entrar en una librería de esas que tienen solera, y perder sus ojos por las estanterías, ojear los libros, leer su argumento.. y decidir cual escoger.

Si, estaba disfrutando de cada momento. Se sentía otra. Una sensación de que durante mucho tiempo, no había vivido, solo había vegetado, eso si, corriendo mucho de un sitio para otro, “estando muy ocupada”. Y ahora…. respiraba, miraba a las personas con las que se cruzaba, observaba los ritmos de cada día, sus ritmos, y … si, se iba a dar tiempo para las flores, y para los libros. Ojeando los libros, no se había dado cuenta de quien había entrado en la librería. De repente .. oyó una exclamación.

– ¡No puede ser! ¿Eres tú?

Ella se giró, sin pensar que se refería a ella. Y miró. No reconocía a aquellos ojos, pero esa voz..

– ¿Perdón?

– Eres tú… soy Carmelo.

Carmelo… si, su compañero en la facultad.  ¿Cuántos años habían pasado? Se acercó a ella, le dió dos besos.

– Estas igual… qué digo igual, estas mejor. ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Qué haces? ¿Dónde trabajas? Perdona.. son muchas preguntas.

– Jajaja, pues… todo y nada.

– ¿Tienes tiempo para un café, un vino, un algo, mientras me lo cuentas?

– Pues tengo todo el tiempo del mundo. Y si.. te lo cuento.

Salieron de la librería, sin comprar ningún libro… todo había perdido en ese instante importancia. Había vuelto a ver a Carmelo, su compañero, el que le gastaba bromas.., al que le pasaba apuntes.

Entraron en la cafetería donde tantas veces habían tomado café, se sentaron, con la pequeña tensión de saberse conocidos, pero que desde la última vez que se vieron, seguramente que algo habría cambiado. Él sonreía, ella también.

– Sabes, sigues teniendo el mismo brillo de ojos.. parece como si tu alegría quisiese salir por ellos… si, siempre me han encantado tus ojos.

Ella.. bajo la mirada… nadie le había dicho nunca algo tan hermoso.

el brillo de tus ojos: segunda oportunidad

Tomar café con Carmelo, el ponerse al día de sus respectivas vidas, la había llenado de melancolía. Si, sentía por dentro una quemazón. Pensaba en quien era ella en aquellos tiempos. Una chica alegre, con toda la vida por delante, con muchas ilusiones. Recordó como decidió irse fuera para “prosperar”, y como fue perdiendo su vida, su alma, con cada día que pasaba.

Pensaba, que había estado tan centrada en no sabe qué, que se había olvidado de los demás: si, se había olvidado de los otros; no había conocido el amor; si, habia tenido parejas puntuales, pero nunca un compromiso. No, nadie con el que pensará, es el hombre ideal para formar una familia, o si no formar una familia, para compañero.

Carmelo le había hablado de Marina, de su esposa; tenían dos niñas preciosas, le enseño sus fotos. Eran gemelas, el parto había sido complicado, y no tenían previsto tener más hijos. Bastaba mirarlo para ver el orgullo de padre que desbordaban sus palabras. Y sobre su mujer, todo elogios.

Ella, se había perdido esas experiencias en su vida. Sabía, que no podía ir “en busca del tiempo perdido”, pero si podía darse cuenta de que la vida le había dado una segunda oportunidad. La oportunidad, ya no de tener pareja, encontrar el amor, porque eso son cosas que no se buscan, solamente se encuentran. Pero si una segunda oportunidad para poder mirarse fijamente en un espejo, sonreir, y sentirse plena. Saber.. que si tuviese que hacer una lista de cosas que hacer antes de dejar de existir.. estaría vacía, porque todo lo que quiere hacer lo hace cada día, no dejando nada “para mañana”.

Reirse.. reirse cada mañana, cada día. Porque no había ninguna otra cosa que la llenase más que partirse de la risa con cualquier bobada.

Llorar de la emoción por que está viva, porque tiene recuerdos, porque respira, porque se sabe afortunada.

Sentir la suavidad en su piel del aire de la mañana.

Sentirse protagonista de su vida.

Aceptar lo que había vivido, sus momentos buenos y menos buenos; y que toda esa experiencia, la ayudara a pisar firme, a saberse  “ella”.

Delante del espejo, estaba terminando de desmaquilarse, con el pijama puesto.

Empezó a sonar su móvil… “sunrise, sunrise… “

¿Quién la llamaba?

el brillo de tus ojos: quiero verte

Ella cogió el teléfono, y vió quien la llamaba: “Juan”.

Respiró profundamente, y  pensaba en que hacía meses que no sabía de él. La última vez que se vieron, fue un show: después de que él le dijera que era una idiota y una estúpida, dijo que no tenía nada más que hablar con ella, se levantó, y se fué. Ella se quedó sentada en la cafetería, con la sensación de no saber realmente quien era ese hombre que se acababa de levantar. Habían coincidido varias veces en el último año; el quería algo serio, ella no sabía lo que quería, y no tenía tiempo. Y quizás eso a él le sobrepaso.  Su relación con ella paso a un estadio de frialdad contenida, tanto que ella le comentó que no le parecía bien. Él tenía la soberbia de quien cree que lo sabe todo; de quien es atractivo y sabe que agrada; anda pisando fuerte y seguro por la vida. Quizás, todo eso es lo que a ella le atraía. Un hombre físicamente atractivo, fuerte, y que para él todo era posible.

No lo había llegado a conocer, estaban comenzando a conocerse, cuando ella averiguo que  su carácter, su ímpetu, era lo que le perdía. Podía ser tierno, dulce, y de un momento a otro cambiar: irónico y duro.

¿Por qué se molestó? Quizás porque ella, le puso sus dudas encima de la mesa. Quizás, porque no estaban preparados para conocerse. Quizás no era el momento.

El móvil continuaba sonando. Se atrevió. Contestó la llamada.

– Buenas noches.

– Buenas noches – su voz era cálida, como si estuviese sonriendo mientras lo decía-, he pensado en acercarme a tu casa, y no sé.. quizás, disculparme.

– Hace tiempo que no hablamos… y… creo que no estas cerca de mi casa. Me vine a mi ciudad hace una semana, dejé el trabajo, y .. creo que estamos a muchos kilómetros.

– Me dejas a cuadros. ¿Por qué ese cambio? ¿Estás bien? ¿Por qué?

– Necesitaba cambiar, mi barco, mi vida no iba bien. Y .. ya sabes que iba al psicologo.. y .. después de pensarlo mucho, decidí que debía de cambiar, para que todo lo de mi alrededor cambiara.

– Pues a mi no me parecía mal tu vida. Es más, me gustaba esa forma de ver las cosas que tienes.

– ¿Si? El problema Juan, es que me sentía vacía. Una sensación, de que los días pasaban, y que realmente soy una extraña para mí misma.

– Soledad, no entiendo que haces en tu ciudad: tus padres fallecieron, no tienes hermanos. ¿Qué apoyo puedes encontrar allí y de quién?

– Intento encontrarme a mí misma; en algún momento, perdí la ilusión, y quiero recuperarla.

– Sabes… te entiendo. En estos meses.. me han pasado también cosas, que me han hecho pensar. Te tengo en mi mente y en mi corazón; acabo de llegar a París, y te he traido algo que te va a encantar… ahora.. solo me falta hacertelo llegar. A veces, en la madrugada, te pienso con fuerza, y  entiendo que tuvieras tus dudas; yo también las hubiera tenido de tí de ser el caso al contrario. Y, siento muchísimo lo que dije. Realmente no lo pienso. Al contrario, creo que eres una persona que tiene mucho que dar, y quiero.. estar cerca de tí.

– Juan, es precioso todo lo que me dices, todo lo que traslucen tus palabras. No te preocupes por  “aquello”. Olvidado y cerrado. Estar cerca… yo he tomado una decisión, y creo que es acertada. Me encuentro mejor desde que estoy aqui. Todo lo vivo con más intensidad. Es como si volviera a sentir. A saborear la vida cuando respiro, cuando miro, cuando sencillamente camino.

– Me gusta escucharte.

– A mi me gusta hablarte, reconciliarme contigo.. no sirvo para estar disgustada.

– Quiero verte.

El brillo de tus ojos: Eyre

– ¿Te encuentras mejor?

Le decía una voz. Entreabrió los ojos y la vió a ella. Era Eyre, la vecina del primero; una chica joven, con  sonrisa encantadora, rostro alegre, con un cabello castaño claro ensortijado.Empezó a hacer amistad coincidiendo en el portal,  conectaron desde un primer momento, y en poco tiempo se  convertieron en algo más que vecinas. Tomaban algún café de vez en cuando, e incluso, algún fin de semana salía con ella y su pareja a tomar algún chisme. Era una pareja encantadora: él, Alejandro, era alto, moreno, algo mayor que ella, pero con la misma alegría y jovialidad.
– ¿Qué ha pasado Eyre?
– Que he subido a traerte unos libros.. y te he encontrado.. algo traspuesta.
Soledad intentaba hacer memoria: si.. si… se había pasado.  Juan había venido varias veces a verla.. y siempre acababan tirándose los trastos a la cabeza. La última vez, hace tres semanas. Ella se había enamorado de él. Pero de manera poco racional. Y él.. tenía un temperamento tan complicado.. si… es complicado. Y desde hace tres semanas.. silencio. Y hoy… ha visto la camiseta que se dejó… y no ha podido evitarlo echarle de menos con más intensidad. La ha cogido, se la ha acercado a la nariz, ha cerrado los ojos. Si, tenía su olor. Su olor es a sol, a vida. Se ha sentido mal, como en los tiempos de las crisis, y buscó algo que la hiciera estar tranquila. Después, recuerda que le apeteció un vino. Si. No debió de tomarlo. Y ya no recuerda nada nítidamente. El timbre de la puerta, Eyre, y ella se fué al sofá. Ahora estaba en el sofá, y su querida amiga está mojándole la cara con una toalla húmeda.
– Eyre, perdona el númerito.
– No te preocupes por mi. Pero es que llevas días estando diferente. Tienes que reponerte. Sé que te pasa, y no merece la pena estar así por nadie. Si ha de ser para tí volverá. Aunque sinceramente, viendo como te deja cuando discutes con él, no sé si lo mejor sería que no volviese.
– Me afecta porque me importa. Y lo pienso porque le amo. Pero si, estamos siempre igual, él se molesta por todo, y yo, no sé como encauzarlo. Él quiere que yo sea como no soy. Y yo.. sencillamente quiero poder mirarlo al amanecer, cuando aún no ha despuntado el alba. Y quiero… quiero algo como lo que tú tienes.

  • ¿Yo?

– Si, tú. Una persona con la que dormir cada noche; con la que discutir por qué ver en la tele; a la que pedirle masajes en los pies; a la que darle mordisquitos. El ir a comprar juntos. El tener un proyecto.
– Soledad.. ya, para. Cada uno tiene su vida, que se la ha ido construyendo.  Desde fuera, todo parece bonito en las vidas de los demás, pero cada uno tenemos nuestra nube. Sigue tumbada y deja de pensar, es lo que te pierde. Te voy a poner ahora mismo un café.. no es solución ahogar penas en vino. Anda.. que hace una hermosa tarde preprimaveral, y las flores, empiezan a querer romper la monotonía de los balcones.

El brillo de tus ojos: el té.

– No se lo permitas.

Le decía Eyre delante de una taza de té verde.

– No permitas que él decida como te has de sentir tú. Si justamente decistes cambiarlo todo para estar bien, no te puedes permitir el lujo de que ahora, no sea el trabajo, ni tu esquema de vida, sino un chico caprichoso. ¿Qué eres tú? ¿Lo que él decide que tú seas? ¿Es él quién te define? No, Soledad, no. Somos nosotros quienes nos definimos, y los demás pueden opinar blanco o negro, pero realmente somos nosotros quienes nos definimos.

– Si Eyre, pero es tan importante para mi. Me he acostumbrado a su forma de ser, y me gusta complacerle, ceder…

– Soledad.. despierta de tu sueño. Sal de tu mundo paralelo. Él no te quiere ni te ha querido. No lo entiendes chiquilla. Lo que no es, es tontería darle vueltas.. otra vuelta perico al torno. Qué salgas, que espabiles, que vivas la vida. Éste sábado Alex y yo hemos quedado a cenar con unos amigos en un japonés, te pones mona y vienes.

– No me apetece, tengo que …

– Si, si, que será este vez.. Ribera del Duero.. o pasarás al cartón de vino… no seas tonta, y sufre por lo importante, no por alguien para quien ni tan siquiera ya existes.. so boba.

De repente caían por el rostro de Soledad lágrimas, y parecia que fuese a romper en barraquera. Eyre se levantó, la abrazó, le beso la mejilla, y le susurro en el oído:

– Te lo vas a sacar ya … y vas a sonreir. Y si alguien te quita el sueño a partir de ahora, que sea por lo feliz que te hace, no por lo desgraciada que te haga sentir.

En el salón, delante de dos tazas de té, dos amigas, que cada día se hacían más íntimas, cada día se conocían mas. Soledad, daba gracias por tenerla, le hacía sonreir, y se sentía mejor, más fuerte. Cuando caía la noche, se debilitaba, pero iba a luchar para que eso cambiase. Olvidar no, porque quien puede olvidar que amó; pero si aceptar que es ayer, y que el ayer nunca vuelve.

Se acababan su té, mientras el sol abandonaba un cielo azul, dando paso a la noche.

El brillo de tus ojos: mirada arcoiris

– Animarse. Eso es lo que debe de hacer  Soledad.

Le decía a Alex mientras se maquillaba. Le gustaba tener esos momentos de intimidad con él, estar conversando de cualquier cosa mientras se maquilla y él también se está arreglando.

– Lo veo bien Eyre, pero también hay que respetar que no le apetezca nada.

– Tiene que cambiar, rodearse y conocer a gente diferente… y encontrar a alguien… como yo te encontré a ti.

En ese momento Alex se detuvo.. se acercó a ella y la besó.

– Pero que linda eres mi amor, que cosas tan bonitas dices.

– Si es verdad, mi muchachote. Cuando me encontré con tus ojos arcoiris, supe, que nunca volvería a ver a nadie con esa mirada.

– ¿Esa mirada?

– Si, esa mirada de… no sé.. arcoiris, ilusión, de todo es posible …

Volvieron a abrazarse y besarse. Si, se querían, tenían sus momentos, pero se querían. Llevaban viviendo juntos tres años. Alex había tenido más relaciones antes, pero nunca había sentido esa chispa que le daba ella. Su risa, sus mirada chispeante, sus rizos, su forma de ver la vida.

-¿A qué hora hemos quedado?

– Soledad espera a que yo la recoja, y con los demás en el restuarante a las nueve.

– Al final, ¿viene mi hermano?

– Si tu hermano y su queridísima. Viene también mi compañero de trabajo y su chica. Y bueno, otro compañero que no tiene chica.

– Aha. ¿qué compañeros son?

– Victor con su chica, y el otro es Ismail.

– ¿El nuevo?

– Si. Es una persona muy culta, además de discretamente atractivo.

– Eh… que es eso de atractivo.

– Si, de esos chicos que no son demasiado guapos, pero tienen algo especial.

– Estas cosas nunca salen bien.. el hacer de celestinos, siempre sale alguien mal parado.

– No hacemos de celestinos. Lo importante es que Ismail es una persona que cuando habla, aporta paz. Es una cualidad. Y creo que le vendrá muy bien a Soledad alguien que no la tambalee, sino que la escuche, y que le diga que la vida es hermosa, que la vaya andando en cada paso, y que no se quede estancada en una nube gris, porque sino se perdera un azul hermoso.

– Espero que sea así.

El brillo de tus ojos: positividad

Soledad se sorprendió de como sin darse cuenta.. se fue animando. A veces, aunque uno no tenga mucho ánimo, basta dejarse llevar por los amigos, dejarse querer un poquito, y olvidarse un poco de todo. Si, descubrió que la voluntad, o la determinación, es lo que hace que tengamos éxito en nuestros propósitos.

La alegre Eyre  subió a recogerla. Iba con un vestido negro, muy bonito, que le resaltaba sus rizos casi rubios.  Sus ojos verdes chispeaban, y la miraban con una sonrisa cuando vió que Soledad, se había arreglado, con unos pantalones vaqueros, y un jersey azul, que hacía que resaltase su palidez, y sus ojos.. si, esos ojos brillantes.  Podía ver que sonreía, si, se había contagiado con la ilusión de su amiga.

Llegaron al restaurante, no conocía a los demás, pero no estaba asustada ni se sentía mal, Eyre no se despegaba de su lado.. de vez en cuando la miraba a los ojos, para comprobar que estaba bien, le cogía la mano y se la apretaba. Soledad, se  sentía tan mimada y tan cuidada por su amiga, que pensaba la suerte que tenía. Que aunque a veces las cosas no vayan bien del todo, siempre hay alguien en quien apoyarse, alguien para saberse que importa a otro.

Le presentaron a Nacho, el hermano de Alejandro, tenía también los ojos claros, pero más que arcoiris, como los definía Eyre, eran grises. Su mujer estaba con él, Carmen, un poquito  marujona perfeccionista. Victor y Olimpia, una pareja encantadora, estaban saliendo juntos, y tenían esa sonrisita de “qué felices somos”. Y bueno, el single como ella, Ismail. ¿Qué le había comentado su amiga de él? Pues que llevaba poco tiempo con ellos, unos seis meses, y que era un genio de las matemáticas. Unos orígenes curiosos, y vida interesante. Algo misterioso. Su piel oscura, su rostro, se veía suave, pero le daba un toque diferente la barba que le cubría las facciones, muy cuidada, haciéndole parecer mayor de lo que era. Sus ojos, detrás de unas gafas ligeras,  con mirada profunda, como si supiese lo que piensas con solo mirarte. Observó sus manos, sus dedos eran finos y alargados, como de un pianista. Cuando la saludó,  le agradó su olor dulce.  Y su voz, su suave sonrisa, era una persona amable y agradable.

Los primeros minutos de la cena, con Alex y Eyre haciendo presentaciones y bromas, hicieron que todos se sintieran cómodos, y en la mesa todos participaron entre sonrisas en conversaciones que fueron desde las más superficiales, que si el corte el ingles decide que ya ha empezado la primavera, o que si la crisis.

Ciertamente la noche transcurrió entre amigos, aunque recién conocidos, y entre ellos, en ese grupo, se hizo hermandad. Todos diferentes, cada uno a su manera, pero si, había complicidad. Se cambiaron móviles, emails, y, a la despedida, todos quedaron en hacerlo más amenudo.

marzo

Suena el móvil. Las once de la noche. Si.. es él.

– Buenas noches Juan.

– Buenas noches linda. Siempre me ha gustado la suavidad de tu voz.. como hablas, acariciando las palabras.. pero hoy no parece que estés contenta.

– Sólo es cansancio.

– ¿Sigues pensando en mi?

– Si, no te lo voy a negar, estás cada día en mil gestos, en mil cosas. Tu recuerdo agazapado en el sitio más inesperado. Pero bueno… es llevadero. Ya sabes, he aprendido muchas cosas de tí; por mucho que me hunda seguiré sacando cabeza.  Por cierto, he vuelto a salir y conocer gente.

– Ah, mírala ella, conociendo gente. Pues ten presente una cosa: nadie va a ocupar mi lugar.. quieras o no quieras, tú eres mía.

– Uhm, por mucho que me hagas enloquecer, no puedo vivir amargada por tu carácter, tu ausencia, o por que sí. Y además, nadie pertenece a nadie.

Juan hizo una pausa, que a Soledad se le hizo eterna. Escuchaba su respirar, si cerraba los ojos, casi podía sentirlo a su lado.

– Es marzo.- dijo de repente él.

– Lo sé.

– Y que piensas.

– Que tenías mucha razón, pero mucha. Como siempre, eres un visionario. Un iluminati.

– Si, es que sabía que no podía confiar en ti.

– Quizás por eso fallé, noté tu desconfianza.

– Que valiente, chica.. ahora soy yo el culpable..

– Shhhh… es mala hora para discutir. Y no he dicho que seas culpable. Sabes cariño, creo que sencillamente te amo demasiado, y eso es autodestructivo. No es bueno para mi y menos para tí. Quiero amarte menos, y si lo consigo… todo estará bien.

– Pues claro.

– ¿Me entiendes?

– No sé porque te llamo, me cabreas sabes.. eres siempre igual. Indecisa, y con mucha palabrería.. esto es cansino.

– Escucha..

– Soledad.. me haces daño, te hago daño.. y sin embargo te llamo. Y sin embargo me coges el teléfono… no podemos seguir así… Duerme bien niña… ya hablaremos.

Y colgó. Ella, rompió a llorar, lo amaba, la dañaba, y no podía de dejar de sentir placer en ese sufrimiento.  Necesitaba ayuda para sacarselo del alma…

Ismail

Soledad solo pensaba en la sensación tan pesada que tenía en el alma, estaba enganchada a él, de una manera que no podía ser sana.
Se dirigió a su pequeño portátil, tenía que llenar su mente de algo diferente. Alguna película de las que se ven online, o algún sitio de cotilleo. Si, el mesenger, por si tenía algún correo. Tenía que distraerse.. y lo iba a hacer.
Nada más abrir el ordenador, sea abrió el mesenger. Un mensajito para aceptar la invitación de “Ismail”. Si, pues la iba a aceptar. Por casualidad, estaba conectado.
“Plim”.
El sonido de ventanita.
<- Hola Sole.>
<- Hola Ismail, , que tal estas?>
<- Bien, pasando el rato. Estaba viendo unos artículos, y tenía ésto abierto, cuando he escuchado que el sonido del mesenger.>
<- Yo aquí estoy, a distraerme un poquito.>
<- Es un poco tarde para distraerse, son las 12. Hora de que las niñas buenas se acuesten .>

 

A Soledad le sorprendía la manera con la que se manejaba Ismail en el teclado, trasmitiendole cercanía. Y, las letras, le daban la posibilidad de decirle que no se encontraba bien.

<- Si, bueno, es que me ha llamado una persona, y me he quedado tocada.>
<- ¿Para bueno?>
<- No. Me siento algo estúpida.>
<- Bah, lo que no te hace sentir bien, debes dejarlo pasar.>
<- Si, me imagino.>
<- ¿Tienes cerca el móvil?>
<- Si.>

Una pausa.. y de repente comienza a sonar. Mira la pantalla, un teléfono que no le era familiar.
Coge el telefóno.

– Soy yo.

–  Ismail…. ¿porqué me llamas?
– Porque antes de dormirte, tienes que tener una llamada de telefóno agradable, y .. aquí tienes a tu caballero salvador.
– Gracias Ismail, es una tontería.
– Si te ha hecho sentir mal, no sería tan tontería.
– Mira… hacía siglos que no abría ésta maquina, y que casualidad haberlo abierto hoy.
– Yo si suelo utilizar bastante la máquina, como tú dices, para mantener el contacto con mi familia. Sabes, durante estas semanas, desde la cena, he pensado en llamarte. En fin, te añadí, y pensé en llamarte más adelante. Y ahora.. sonrío, pensando que estoy hablando contigo.
– ¿Y para qué me querías llamar?
– Me apetece ir al cine, pero .. en vez de en pandilla, contigo.

Y los dos.. se quedaron callados.

Cine

Él pasó a recogerla el viernes por la tarde; no subió a su casa, sencillamente llamó al portero. Y allí la esperaba. No era tan lanzado cuando le gustaba una chica. Al contrario, más bien siempre ha sido más retraído y han sido ellas las que han animado la relación.
Pero Sole, era diferente para él. Cuando cenaron, él la observaba. Tenía en su rostro como una leve sombra de tristeza. Seguramente ese chico con el que salía antes. Pero no se llevan bien, basta verla como va de la sonrisa al llanto cuando está con él, fue la observación que le hizo Eyre.
¿Qué le gustaba de ella? Que aún dentro de esa nube triste, sonreía. Que sus ojos cuando lo miraron brillaron especialmente, y tuvieron un cruce de miradas, que pudo ser segundos, pero fue intenso. O al menos él lo sintió así.
Cuando se abrió el portal, apareció ella. Estaba guapa, pensaba mientras le
sonreía y le daba dos besos en las mejillas. Uhm, ese perfume, que suave.
La película, era lo de menos. Ellos hablaban: al principio algo cortados, algo tímidos. Como explorando el espacio común que estaban inaugurando.
Soledad, se sentía bien. Éste chico, desde las primeras miradas le aportaba serenidad. El detalle de llamarla aquella noche, para que tuviera, antes de dormir una llamada agradable, fue especial. Una vez que hubo dicho que si, que iría con él al cine, estuvieron hablando… mucho tiempo. Él empezó a hablarle de sitios desconocidos y de sus sentimientos hacia esos sitios. Y ella, vió a través de sus ojos el fondo del mar, los rayos de luna.
Si, el viernes, fue diferente, porque dos personas que comenzaban a conocerse, se sentían cómodas. Y no saben si se va deprisa, o si se va despacio, pero mientras estaban sentados viendo la pelicula.. sus manos se buscaron, sus dedos se entrelazaron, y la calidez de ambas manos, formaron unidad.

 

De tus labios

Compartir con él, había sido para Soledad un refugio. Un sitio donde sentirse segura. Él era todo ternura, todo cariño, todo suavidad. No decía una palabra más alta que otra. No utilizaba palabrotas. No  mostraba enfado, rara vez, y era más indignación que enfado. En sus maneras, se sabía que era un hombre que había vivido, y había reflexionado con lo vivido. Abrazaba cada amanecer, con suavidad, sin prisa, sin pausa, y con una sonrisa se enfrentaba a lo que deviniera en cada momento.

Le asombraba su “no exigencia”. Era como una brisa de verano casual, que se aparecía como despistada, pero daba la importancia a la tarde con su aroma y su caricia. ¿Y su sonrisa?. Si, era el rostro de una persona de alma bella, porque su sonrisa era suave.

Hay detalles, pequeñas cosas que agradan, y hasta ese momento no sabías que te agradaban. Él pasea con ella y no le importa capturar su mano en la suya. Cuando la coge de la mano, es como si acompasara su alma y su corazón al de ella.

Admiraba su forma de trabajar, responsable, su forma de divertirse, suave, su forma de mirarla, cuidada, y su forma de amarla, sin exigencias.

La tarde, era casi que veraniega; la luz del sol lo había llenado todo; el parque estaba de un verde intenso, los niños jugaban a la pelota, otros iban con la bici, y ellos, sencillamente sonreían y caminaban. Había ocasiones que el silencio era tan cómodo, porque prestaban solamente atención al caminar, obviando cualquier adjetivo o adverbio; en su lugar, era un mirarse, sonreir, y caminar.

Ismail, se detuvo. Ella sonreía, y no se cuestionaba porque se había parado. Sencillamente le miraba a los ojos y le sonreía.  Con lentitud acercó sus labios a los de ella, y la beso en una hermosa tarde de abril, cuando el sol estaba radiante, y el parque  lleno de niños.

– Me gusta cuando me pones morritos- le dijo en un susurro.

– Y a mí me gusta escuchar de tus labios te quiero.

Esa tarde, en ese paseo, ella dejó a un lado todos los fantasmas que se habían instalado en su día a día, porque quería ir espantadolos, y los sentimientos que nacían y crecían en ella, la ayudarían a alejarlos de ella, y poder renacer en los “te quiero” de los labios de Ismail.

y pasan los días

Soledad había entrado en otra etapa de su vida. De una manera inesperada, se había convertido en la pareja oficial de Ismail. Era una forma de amar y sentirse amada, diferente a la que había experimentado con Juan, que era siempre exigencia, disgusto, con el corazón encogido por cada cosa que le pudiese molestar, o la incertidumbre de saber cuando le apetecía ir a verla, o llamarla. Con la sensación de que todo lo hacía mal, y que no servía para nada.

Pero ahora disfrutaba de la serenidad de Ismail, cuya mirada era la de la vida, la que le decía que no era perfecto, pero que sin duda, la amaba. Y era disfrutar de conversar con ella sobre cualquier tema. De vivir los silencios cómodos. De sentirse cuidada.

Eyre estaba feliz al verla tan contenta. Si, es curioso como dos chicas llegan a conectar, a sentirse unidas, como si siempre lo hubiesen estado. Salían alguna que otra vez a tomar un café en la calle, o lo compartían en la casa de alguna de las dos. Confidencias de dos. Había observado que Soledad tenía siempre el gesto de sonrisa; si, ya no estaba con los ojos alicaidos, al contrario, miraba de frente, mirada alta, y sus labios, la pose de descanso era sonrisa. Sabía que el culpable era su compañero de trabajo; alguien sencillo en apareciencia. De origen jordano, había vivido y trabajado en diversos países, donde había enriquecido su formación, y también había ampliado sus horizontes en cuanto a diferencias culturales, el comprender la esencia de cada pais. Era tan creativo, con una mente tan hecha para las matemáticas.

Carmelo, el amigo de instituto de Soledad, cuando la vió con él, no pudo evitar sentir una punzada de…  ¿celos? .  Si, mientras ella no estaba con nadie se sentía con libertad para llamarla, para quedar. Aunque nunca le confesaría lo que sentía por ella, por que él estaba bien con Marina, estaban las niñas… y si estaba agusto, no podría nunca poner en peligro su estabilidad por algo que .. solo era un sueño.

De vez en cuando se reunía el grupo que se formó en el japones, y ahora, estaban todos emparejados: Eyre-Alejandro, Nacho-Carmen, Victor-Olimpia, Ismail-Soledad.

Es curioso como las historias se entretejen con sentimientos, con palabras, con paisajes, con emociones, con expectativas, con sueños, con ilusiones.

 

conversar

Soledad había dejado el trabajo en el despacho; si, había vuelto a involucrarse demasiado, notando como las palmas de las manos le sudaban, como su corazón parecía ir al galope estando en reposo, y su sueño había dejado de ser tranquilo, para ser un continuo soñar con bases de datos, porcentajes, facturas, clientes…

Se había prometido a sí misma que no dejaría que nada que no pudiese controlar iba a estar en su vida, y el trabajo, se le había desmadrado.  Fue a la oficina de empleo, había pedido cita, y un señor con pelo gris, gafas de montura ligera, con rostro cetrino, la miraba sin mirarla, sus ojos habían perdido vida.  Pero esos ojos sin vida, pareciese que empezaban a procesar información…. y .. . no podía ser. Le dijo que había una demanda de empleo para un particular; quería a alguien educado, que le gustasen los libros, y que le ayudase a ordenar su biblioteca, así como poder conversar con él.

Soledad pensaba que qué trabajo más estrambótico, pero, porqué un trabajo standar, porqué un trabajo de oficina. Porque no variar.. si quieres cambiar, tienes que empezar por cambiar tú. Sonrío al funcionario de ojos sin vida, que pareció sonreir, como si hubiese conseguido algo, como si se interesase de verdad porque ella encontrase un modo de vida.

Eran las once de la mañana, y la cita que le habían dado era para las doce. Quería ir tranquilamente; el corazón le decía que era una oportunidad, que se abría ante ella un mundo diferente, que quizás, era su destino quien la empujaba, y la empujaba hacia un buen sitio.

Llegó a una zona resindencial de casas antiguas, pero todas reformadas. Si, era una zona de las familias más rancias de la ciudad, cuyos apellidos eran compuestos.  Miro el número 13, de la Avenida de la Ilusión. Bonito nombre, bonito número. Llamó y le abrieron la puerta sin preguntar. El camino estaba bordeado por un arriate lleno de flores multicolores; a los lados se observaban rosales, de muchas tonalidades, blancas, naranjas, rojas, rosas, amarillas, y el aroma de ellas llenaban su nariz. Cerró un segundo los ojos para retener ese olor a rosas.

Llegó a la puerta de madera, y observó la fachada que estaba recubierta en piedra. Las ventanas también de madera, le daban un aire señorial. Una chica con acento peruano le abrió la puerta, con una hermosa sonrisa adornando su rostro moreno. Al saber que venía para la entrevista con el Sr. Ruiz de Alvalade, la acompaño dentro de la casa. Era una casa donde el espacio era primordial, y todo ese espacio estaba lleno de mil objetos, que seguramente tendrían su historia.  Y cuadros, todas las paredes llenas de cuadros. Seguía a la muchacha, que la llevo a través de un pasillo hasta una puerta cerrada; tocó, y la invitó a pasar. Allí estaba el Sr. Ruiz de Alvalade; rondaría los sesenta años, de poco pelo y grisáceo, que estaba leyendo un libro en una escritorio de madera oscura; la habitación tenía una gruesa alfombra de color granate, con mil dibujos, clásicos, por supuesto. Levantó la mirada, y tras sus ligeras gafas vió sus ojos azules, vivísimos, que la miraban. Su rostro no esbozaba una sonrisa, pero tampoco era seco. Se levantó, y se acercó a ella con la mano hacia adelante; dijo su nombre, y le estrechó la mano mirándola fijamente a los ojos.

 

Los libros

– Eyre, no te puedes imaginar que casa tan bonita, que sitio tan .. idílico. Te encantaría, es una casa con historia. Disfrutarías muchísimo; y además, mi jefe, jejeje, si, puedo decirlo, mi jefe es de esas personas que dá la sensación de haber vivido mil vidas.  Me hace ilusión, espero que todo vaya bien, y encuentre  mi sitio.

– Ya lo verás Sole, todo va a estar bien. Hablando de otra cosa, he recibido un mail de Ismail, parece que va para largo.

– Si,  ya se temía él que no iba a ser una semana y ya está. Me ha comentado que hay mucho lío, y que no puede dejar a su familia. Yo lo entiendo, y lo quiero más por eso, por su responsabilidad, porque nunca deja que nadie asuma responsabilidades que son suyas.  Su padre sigue regular, y se está haciendo cargo de sus cosas.

– Aha. ¿Le has comentado los cambios?

– Si, ya se lo he comentado por encima. Versión algo más light, no he querido preocuparle, no tiene sentido hacerlo estando tan lejos. No quiero que después de todo lo que ha supuesto tener que irse deprisa y corriendo, llegar allí, y acomodarse otra vez a su familia, tenga la pesadez de si yo estoy bien, o mal.

– ¿Cuánto llevaís juntos?

– Pues mañana tres meses. Si, es poco tiempo, y soy consciente que es el comienzo de una relación, pero con él, es como saberme en mi lugar. Como si nunca hubiera empezado a conocerle, porque le conozco de siempre. Es una sensación extraña.

Sus ojos se humedecieron. Estaba sensiblona, alegre, una mezcla de sentimientos que le hacía sentirse desprotegida. En ese momento, tomó aire, pensó que todo estaba bien, y pudo tranquilizarse. Su amiga, percatándose, cogió la tetera y volvío a servirle un poquito más de té de azahar, y le cambio la conversación:

– ¿En que consistirá tú trabajo, y cuándo empiezas?

–  Consistirá en ordenar su biblioteca, preparar una base de datos sencillita. Me ha comentado que necesita de la conversación también para inspirarse para sus escritos. Es escritor, y que está documentándose para una novela. Quiere saber la opinión de alguien como yo, de distinta generación y sexo. Que otros ojos le digan como vé la vida. Insiste en que no me preocupe, que no va a “examinarme”, que son conversaciones sencillas.

– No puedes decir que no es interesante, un escritor que quiere hablar contigo para que le inspires y  ordenar libros.

– Si, me encantan los libros, y si vieras cuantos tiene. Entras en la habitación, y huele.. a eso.. a biblioteca. Algunos se ven antiquísimos y con encuadernaciones especiales. Estoy nerviosa e ilusionada. El lunes empezaré.

– ¿Y como dices que se llama?

– Sr. Ruiz de Alvalade.

– De nombre.

– No lo sé…. nos hemos hablado de usted todo el rato, y no le he preguntado.

– Seguro que te va bien.

– Si, estoy convencida. Son las ocho.. me voy a  casa, que hoy voy a hablar con Ismail.

– ¿Skype?

– Si, es la mejor forma de verlo y hablar .. en cierto modo es como si estuviera conmigo, aunque no lo pueda tocar.

– Dale un beso de mi parte.

Eyre cerró la puerta, y en su cara estaba dibujada la preocupación. Ismail le habia dicho en su correo que no sabía cuando regresaría, pero que seguro que al menos seis meses estaría allí. Ella, no se lo podía decir a su amiga, era algo que él intentaría ir dulcificándolo.  Lo bueno es que ahora Soledad había encontrado algo nuevo que la ilusionaba; parecía una niña describiendo la casa, diciéndole la de rosas que tenía. Seguramente Ismail encontraría el momento oportuno para hablarlo con ella.

Los libros, si, a Soledad le gustaban los libros, y ahora trabajaría para un escritor. Y además rodeada de mil flores.

 

anochece

Soltó las llaves en la entrada, se dirigió a su dormitorio, y se deshizo de los vaqueros, tacones, camisa, y se enfundó un pijama cómodo . Se recogió el pelo con una pinza, para estar cómoda, y se dispuso a encender su portátil. Desde que él se fuera, era la única manera de estar juntos, de hablarse, de verse.  Era lo que los manteía unidos. Impaciente, con ganas de contarle como le habia ido, y también por saber de él.

….. Conectando…

-Buenas noches amor.- le saludó Ismail.

– Buenas noches cariño.

– Que guapa estas… hoy estas resplandeciente.

– Tú sin embargo tienes cara de cansado.

– Si, aquí es todo diferente, y bueno, tengo que ser paciente.

Siguieron hablando, mirándose a través de la webcam, y hablándose a través del micro. Era casi como estar juntos.. lo único que no podía sentir sus labios, ni oler su piel, ni sentirla junto a él. Cuanto echaba de menos el tacto de su piel, sus caricias, sus besos.

Ella le contó lo maravilloso que le había parecido el trabajo, que empezaba el lunes.. y que le echaba de menos. Que sabía que él no podía hacer más de lo que hacía, pero notaba también su ausencia.

Hablaron, y hablaron.. y se mandaban besos, que simulaban atrapar; él le dibujaba corazones con sus manos.

Les entró sueño.. y se quedaron dormidos juntos, cada uno en un extremo del mundo, mientras se decían lo que sentían. Habían comprobado, que desde que estaban separados, se había estrechado más los lazos que los unían, y en la lejanía, sentían la necesidad de hablar más, de contarse más cosas, de sentirse más uno.

Aunque Ismail, evitaba el tema del tiempo que estaría lejos de ella. No quería ocultárselo, pero tampoco quería decírselo. Realmente él tampoco sabía cuanto tiempo lo necesitaría su familia.

Todo se vería, todo lo hablarían, pero esta noche, solamente le apetecía ver como ella le hablaba, con los ojos cerrados, con su cabecita sobre un almohadón.

– Ismail.. te amo.- y sonreía mientras lo decía. Su dulce voz le llegaba a sus oídos, y su corazón se alegraba de la afirmación de sus sentimientos.

 

la ilusión

 

Soledad se  levanta temprano, estaba algo nerviosa y no ha podido estar mucho tiempo en la cama.  Se queda mirándose en el espejo.. quiere encontrar su mirada. Si, sus ojos brillan, anoche después de hablar con Ismail, se quedó dormida; pudo sentir sus labios y sus caricias. Si, sus labios se curvan en una sonrisa.. él la ama, y .. hoy comienza un trabajo que se le antoja ideal. Tiene tiempo, por lo que se ducha con tranquilidad. Envuelta en su albornoz se dirige a la cocina, donde calienta un café solo, amargo, como le gusta a ella, con sabor a vida.

Consulta el reloj, y vé que es pronto; mejor, así irá dando un paseo, dejando que el fresquito de la mañana la acompañe, haciéndola  sentir diferente. Va caminando, sonriendo, poniendo ilusión en lo que está por venir, al tiempo que está algo preocupada, por que no sabe si podrá cubrir las expectativas del Sr. Ruiz de Alvalade.

Había llegado pronto, pero muy animosa le abrío la puerta la chica del primer día. La saluda y le comenta que su nombre es Brunilda, ella le dijo que el suyo Soledad. Le indica que el Sr. Ruiz de Alvalade estaba en el estudio.  Se dirigió con pasos rítmicos hacia aquella habitación que la había hipnotizado el primer día.  Tocó con los nudillos la puerta, y entró dentro; allí lo vío, con la mirada fija en un periódico. Observaba que la habitación tenía un olor suave.. no sabría discernir a qué. ¿Quizá lavanda?

Él levantó sus ojos claros, y  esbozó una sonrisa campechana, se le notaba tranquilo, y casi podría decir que había cambiado de la entrevista a ahora. Se levantó, se dirigió hacia ella, y le estrechó la mano. Sintío que su mano era grande, suave, y que ahora sus ojos veían el rostro de una persona que despedía una luz especial y diferente. Sería sabiduría, tranquilidad, o alguien que sencillamente está satisfecho con su vida.

Le ofreció un café, que ella quiso aceptar por acompañarlo, y mientras lo hacían, empezó a comentarle todos sus planes. Pareciese que en estos días, él hubiese estado tan ilusionado como ella en la aventura que iban a emprender juntos.

La ilusión se esconde en los lugares más inesperados, y cuando te atrapa, todo es arcoiris.

 

Tomás

Eyre le había mandado un sms a Soledad. Necesitaba hablar con ella. Tenía que comentárselo a alguien. No sabía que hacer, como actuar.  Cualquier paso en falso podría poner en peligro su vida, su felicidad. Pero.. ¿y si estaba equivocaba?, y se estaba obcecando en algo que parecía que empezaba a hacer aguas,  y la desconfianza se había filtrado entre ellos. Podría ella amar incondicionalmente, sin preguntas, solo amar.

No sabía si podría ser una mujer condescendiente. Pero tampoco entendía porque tenía ella que tomar una decisión, porque tenía que ser ella la que se sintiese mal; si ella era la traicionada, porque se sentía tan culpable. ¿Hacía donde tenía que tirar?

Soledad, había descubierto en el Sr. Ruiz de Alvalade, que ahora llamaba Tomás,  y le tuteaba, a alguien de quien aprender. Le escuchaba y en cada palabra, había enseñanza. A él le encantaba tener a alguien que bebía sus palabras con tanta atención: ella, le contestaba a sus preguntas, diciéndole lo que pensaba o creía. Más de una vez se reía con las ocurrencias de esa chiquilla, que tenía la ingenuidad como religión, porque a veces costaba creerse que fuese tan .. ella. Si, él reconoce en su interior que poco a poco se ha hecho a esa mirada de ojos brillantes, a esa sonrisa suave, y a ese aroma.. a azahar que ella despide, y deja la biblioteca inundada por su aroma. Ha dejado de poner ramilletes de lavanda, porque quiere que huela a ella. Es.. una forma de tener su presencia aun sin estar.  Podría ser su hija, y su cariño por ella no es más que el cariño que se le puede tener a un hijo. Aunque ella es una trabajadora, pero que ha llegado el punto de que el trabajo es diversión, y que el catalogar, va acompañado de un pequeño discurso sobre el autor, o sobre las causas de la escritura del libro. Marcel Proust.. ella seguía sin entenderlo.. pero.. como le dijo al final de la mañana.. no te hace falta entenderlo.

Soledad se quedo sorprendida por el sms corto y conciso de Eyre.. le pasaba algo, eso era indudable. Estaba deseando llegar a casa, y encontrársela, y saber qué le pasa. La estaba apoyando tanto en su momento de “amor a distancia” con Ismail, en sus ánimos con el nuevo trabajo, en hacerle visitas cafeteras para que no se sintiese sola… que deseaba poder ayudarla. Pero.. ¿podría ayudarla?

el sms

Va de prisa a casa, le ha dicho a Tomás que no podía entretenerse. Decide ir en bus, para tardar menos. En cuanto llega, observa que Eyre está esperándola en el portal, dando vueltas. En cuanto la vé,  Soledad se dá cuenta de que algo está pasando, su cara está rara, la expresión, o quizá sean los ojos de haber llorado.

Subieron al apartamento de Soledad, que no podía hablar … la veía y no daba crédito que ella, la que siempre la animaba, tuviese la mirada perdida, y las manos temblorosas. Le dijo que se sentará, pero antes de sentarse, Eyre se abrazó a ella, y empezó a llorar, un llanto de desahogo, de estar comedida, controlada.. y necesitar llorar. La abraza, y le acariaba, le decía que nada era más importante que ella, que todo, fuera lo que fuera tenía arreglo, y que ella era lo más importante. Una y otra vez se lo decía.. “tú eres lo más importante”.

Así estuvieron unos minutos, hasta que el llanto, la respiración de Eyre se hizo más acompasada. Con delicadeza Soledad pasaba por su rostro un pañuelo, atrapando las lágrimas, secando sus mejillas húmedas por su preocupación. Pequeña Eyre… lo que daría porque no estuviera así… la abrazó y le dió un beso sonoro en la mejilla.. “ya estoy aquí.. ya estoy aquí”.

Empezó a relatar lo que había sucedido; mientras Alex se duchaba, ella estaba en el dormitorio arreglandose, en eso que suena el móvil de él, “bip, bip”.. y vé que es un mensaje. No suele cogerle el móvil, piensa que es algo personal, y hay que respetar la individualidad.. pero .. si estas sola en una habitación, y suena un sms…. quien no se resiste a pensar.. quien será. Cuando pulso a la tecla “leer mensaje”, no esperaba encontrarse con unas palabras de amor,  y un “nos vemos donde siempre cariño, como deseo volver a estar contigo”. No daba crédito.. su Alex.. su mirada arcoiris, recibía un sms…. de .. ¿Carmen?. No, no puede ser que sea su cuñada.. no puede ser.  Las manos le temblaban, y manipulaba el móvil, número, mensajes enviados, recibidos… y si. Había más mensajes, en la misma tónica. No había duda. Y si.. era ella, la mujer de Nacho. Era la mujer de su hermano, la madre de sus sobrinos, y si siempre la criticaba, decía que si era muy estirada. Pero las pruebas ahí estaban. Dejó el móvil en su sitio. No sabía como actuar, ahora no podía, tenía que dejar reposar lo que había descubierto. No podía esperar a que el saliera de la ducha.. no, se iría antes… cogío las llaves y se fue.

– No sé qué hacer Sole… todos estos años con él.. ¿qué han sido? ¿una mentira? Ayer mismo me besaba y me decía “te quiero”. Y te juro que me lo dice de verdad, porque lo veo en sus ojos. Pero después de esto… que hago. Lo enfrento, me voy, le pregunto, o … espero. Hago como que no sé nada.

– Eyre… es complicado. Aunque callar no creo que sea la solución. Espera a estar tranquila, y entonces, le preguntas, y que él te diga que ha pasado. Deja que se explique. Aunque parezca todo tan claro, dale la oportunidad, por lo que lo quieres, de que se explique.

– ¿Y que hago si me dice que no quiere estar conmigo? Ahora.. ni tan siquiera me importa que me haya engañado, solo quiero saber que va a estar conmigo. Me duele profundamente, pero más me duele pensar en estar sin él.. ¿estoy loca? Porqué me hace esto Sole… soy cariñosa, le amo, para mí no existe mas luz que la de sus ojos..  en donde me he perdido, que he dicho, que he hecho.

– La vida no siempre tiene guión, ni tiene porqué, ni tampoco lógica. A veces, las cosas son como son. Tranquilizate…. y habla con él.

Se volvieron abrazar. Eyre, se sentía más tranquila, todo iría bien.

la decisión

Cuando Eyre llegó a casa se encontró a Alex en el salón, con una copa de Chivas, y con la mirada perdida. Había un silencio absoluto en casa.  Ella estaba relativamente tranquila. Sabía que los problemas si los apartas a un lado, siempre te acompañaran, y lo mejor es  enfrentarlos.

Dejó las llaves en la entrada, y se sentó frente a él. Su cara, tenía una expresión que no podría definir: parecía alivio, tristeza, resignación…

– Cariño, lo siento mucho.- empezó a hablar. – Puedo inventar mil excusas, mil historias, pero estaría haciéndote más daño. Con Carmen, estuve hace tiempo, antes que contigo. No te comenté nada, porque es algo que no se podía contar. Hace un par de meses, volvió a surgir la chispa; me miró, me sonrío.. y bueno, un “nos vemos”, “te extraño”… y solo te puedo decir que no tengo excusa.  Ella, no quiere dejar a mi hermano; los niños, la familia, no puede decírselo. Ahora, al saberlo tú, no sé qué haremos.

– ¿Ni tan sinquiera te planteas dejarla a ella, y seguir conmigo?

– Tú no me perdonarías.

Ella empezó a llorar… no podía creer que él diese por terminado lo suyo tan fácil. Qué había sido para él.

– Pensé que me dirías que había sido una debilidad, que verdaderamente me amas a mí, y que es conmigo con quien quieres estar. Pensé, que estarías dispuesto a que viésemos que nos ha pasado, para intentar corregirlo. Pero me dá la sensación de que tienes muy claro que quieres estar con ella. Si alguien me cuenta esto, cariño, no me lo hubiera creído. De mi Alex, no.

Él dejó la copa en la mesa.. se acercó a ella, se sentó en el suelo  y apoyó su cabeza en las rodillas de ella.

– Te he fallado, eres mucho mejor que yo, no merezco tu perdón, ni tu amor.  Si pudiera dar marcha atrás, no lo volvería a hacer. No desearía más otra cosa, que reparar el daño. Y si, realmente quiero estar contigo, mi niña, mi princesa, mi trocito de cielo.

– Entonces, arreglemoslo. Quizá necesitemos pasar más tiempo juntos. El trabajo es imporante, pero seguro que podemos salir los fines de semana solos, y reconstruir ese lazo que se ha roto entre nosotros. Y hacerlo más fuerte. Estoy muy dolida Alex, y hoy, pensé en morir. Y esa sensación, me ha descubierto que lo que siento por tí es más fuerte de lo que pensaba. Me venía a la mente tus ojos, tu mirar, tu sonrisa, tus hoyuelos… Alex.. ¿porqué me has hecho esto?

Él se puso de pie.. tiro de su pequeña que lloraba.. y comenzó a besar su mejilla, atrapando cada lágrima que caía de sus ojos. Buscó sus labios, y la besaba con fuerza mientras ella lloraba.

Si, la profundidad de un amor, solo se toma conciencia cuando duele.

escuchándote

Caminaba pensando en como la vida puede cambiar en un segundo, sin comertelo ni bebertelo.  Eyre, estaba hecha un lío con Alex. Entre medias, Nacho y Carmen estaban a pique de un repique. Ismail lejos.  Lo único que hacia que Soledad se sintiera segura y cómoda, era la presencia de Tomás. Si, sus ojos, su conversación, compartir con él un café, un té.

El día anterior tuvieron una charla sobre el amor y los sentimientos. Tomás pensaba que uno va madurando, y que el amor se iba haciendo diferente, sin el empuje ni la pasión de la juventud. Aunque le confesó, que cuando cumplió los cincuenta, inesperadamente se enamoró de una chica que no contaba los cuarenta. Y que pensó morir de amor por ella.  Para complicarlo más todavía, ella también le correspondía. Soledad lo escuchaba un poco sonrojada, por la pasión y lo vivido que hablaba él.  Pareciese que aún le doliese cuando lo recordaba. Hacía hincapié, que hay amores que sencillamente te atrapan, te secuestran, te dejan sin conocimiento. Son por los que más sufres, por que son los más sentidos.

Dudó, pero al final, se atrevió a preguntarle, qué fue de aquella chica. Con una sonrisa llena de tristeza, le confesó que murió. Que la enfermedad se la arrebató. Que en los últimos tiempos, él quería estar con ella, cuidarla, seguir amándola. Pero ella cambió. La enfermedad le agrió el carácter, enfadada con él mundo, y él, por que la amaba, hizo lo que ella deseaba. Y la dejó.

Le confesó, que aún la amaba, y que había noches, en la que perfume de su piel lo inundaba, y creía hasta sentir sus besos, su risa, sus susurros. Una lágrima cayó por su mejilla.. y la atrapó, carraspeó, queriendo hacer una pausa.

Que difícil es definir el amor, pensaba Soledad, como para unos es presencia, para otros ausencia, para unos es vida, para otros es atadura. El amor, se construye amando, y se descubre amando, y se expansiona, amando, y se crea, amando.

Ama y sigue amando.

 

“te quiero”

 

 

Había pasado tiempo desde que Eyre y  Alejandro lo habían dejado. Eyre seguía viviendo en el mismo edificio que Soledad, y las dos habían estrechado más sus lazos.  Ismail le confesó a Soledad que aunque la quería, había cosas que estaban por encima de ella, y se había dado cuenta que solo sentía cariño. Esa confesión la destrozó. La hizo sentir, poco, no ser suficiente. Suficientemente atractiva, suficientemente encantadora, suficientemente mujer, suficientemente … no, no había sido suficiente para él.

Al final.. fue un aprendizaje, y las dos descorazonadas, Eyre y Soledad, pensaban que no querían a más hombres en su vida. Que solo daban calentamientos de cabeza. Que al final, se acababan convirtiendo en alguien a quien calentar el café, planchar la ropa, y decirles que qué bien lo hacen todo, y cuanto los quieres.

Eran las ocho de la tarde, acaba de tomarse un té de canela con Tomás, que le había dejado en el paladar sensación de dulzor.  Llevaba unos cómodos vaqueros y una fresquita camisa blanca. En cuanto cerró la cancela de la casa,  notó que unos ojos la miraban. Se giró hacia donde sentía el magnetismo… y  allí estaba él. Juan.  Encantadoramente insoportable como siempre, había esperado a que Soledad teminara su jornada con Tomás, en la acera de enfrente a la casa.

El cuerpo de Soledad, en contra de su voluntad, sentía un calor inexplicable en las mejillas, una ardor intenso en el estómago. Si, él hacía que su cuerpo se desequilibrara con su sola presencia. Porque como ella decía.. él era poderoso. Y sabía que él conocía sus formas de respuesta, de acción, y que.. como tantas veces le había dicho… era transparente para él.

– ¿Qué haces aquí?

– Chiquilla, vamos a tomarnos un café, quieres, o algo, y hablamos.

Ella no daba crédito. Estaba junto a ella. ¿Cuánto tiempo había pasado? Un año, quizás más.. y allí estaba él. Podía oler su piel. Su presencia le erizaba la piel. Negaba cada emoción, cada sentimiento que le provocaba. Sus labios, sus ojos tras sus gafas ligeras, su piel morena, su cuerpo trabajado, sus manos asperas… él. En su mente, solo se repetía.. “Me va a hacer daño, no puedo. Estará conmigo, se cansará, y me dejará como si fuera un trapo viejo. No puedo”.

– Sol.. mi sol… no me digas que no. Tengo que hablar contigo, contarte muchas cosas. Sabes.. he pedido traslado y ya estoy trabajando aquí. Linda, la distancia no es excusa para no estar juntos. Y .. en este tiempo, he sabido apreciar cada gesto, cada sonrisa, cada caricia que me dedicabas. Ha habido otros besos, otras caricias.. pero , quiero las tuyas.

– Juan… tengo prisa, me están esperando, y …  me tengo que ir. Estoy cansadísima. Si estás aquí.. más adelante nos vemos, tengo tu número.

– Espera.

– Si tienes que decirme algo, dímelo, que me tengo que ir.

– Te quiero.

Esas fueron las palabras, dichas con solemnidad. Ella, sintió un escalofrío cálido que le iba de los pies a la cabeza. Pareciese que son palabras que usamos a diario, que están vacías de contenido. Pero no, ese “te quiero”, iba preñado de amor, de un amor consciente, nuevo, renovado, completo.

Ella, comenzó a llorar, y tenía miedo, mucho miedo.

burbuja de amor

¿Cuánto hacía que Juan había ido a recogerla al trabajo para decirle “te quiero”?

Un año. Había pasado rapidísimo. Era increíble que estuvieran juntos, nunca hubiera pensado que él podía madurar y amarla como ella necesitaba. Porque ella necesitaba un amor suave, del que te sonríe siempre, del que no sabe gritar, del que desconoce los malos modos. Ella necesitaba una burbuja de amor, un sitio donde sentirse segura, donde refugiarse, donde saber que siempre, a pesar de todo, habría comprensión.

No pensaba que él, tan impetuoso, a veces algo salvaje, podría ser la dulzura personificada, una persona que sabía interpretar hasta su pestañeo.

Ahora, estaban los dos de vacaciones, al lado del mar; acababa de amanecer, y Soledad, repleta de felicidad, quiso ver como la luz se iba haciendo con todo: con el mar, con el horizonte, haciendo que tomasen color todo lo que la rodeaba.

Estaba feliz, plenamente feliz, y no es esa felicidad de que todo es perfecto, sino la felicidad de saber que estaba en el lugar del universo que quería estar, con la persona con la que quería estar, que era como si todo lo anterior hubiera sido un camino para aprender a amarlo más y mejor.

Convencida de su amor se volvió hacia el dormitorio, y lo observó mientras dormía; su rostro relajado,  dibujada en sus labios una hermosa sonrisa, sus brazos, sus piernas, descansaban despreocupados encima del colchón, pero casi que podría decir que era un hermoso David cincelado por Miguel Angel.

Se sentó en la butaca, con las piernas recogidas, y sonriendo, siguió observándolo, viviendo su burbuja de amor.